lunes, 7 de diciembre de 2009

Montaje Paralelo

Julia salió de su casa con el apuro de alguien que no puede perder un minuto más. En la calle, le hizo señas a un taxi. Cuando llegó a la filmación estaba muy demorada. Como solía ocurrir casi siempre, se encontró con el segundo utilero que al verla tan alterada sólo atinó a echarle una mirada piadosa. De inmediato el hombre sacó de su bolsillo una moneda dorada, que en una de sus caras tenía grabada una esfinge. Se la dio a la actriz para que la tuviera en su mano, diciéndole que la ayudaría a calmar la ira del director.
Mientras Julia caminaba hacia su camarín escuchó los ruidos de jarrones y ceniceros que se estrellaban contra la pared. Una sensación de miedo la invadió de pronto y decidió ocultarse en el set.

Comenzó a llorar sin poder contenerse. Le preocupaban las ojeras que ensombrecían la piel debajo de sus ojos, había un primer plano en la escena que ese día debía representar.
Cuando apareció el director, ella sacó la moneda y la apretó con fuera en su mano, no sabía por qué. Mientras los gritos se oían por todo el estudio, Julia bajó la cabeza
-Si seguís llegando tarde- sentenció furioso el director -, te comunico que la película no se suspende, pero vos no pertenecés más al elenco. Julia lo miró con el rostro desencajado, le rogó que la disculpara, le prometió que nunca más iba a llegar tarde. Finalmente, la ira del hombre se fue calmando y aceptó dejar las cosas como estaban porque el productor así lo demandaba.
-Gracias, finalmente me entendiste- susurra Julia.

Hace mucho tiempo, en el burdel del pueblo, en las afueras de Corrientes, Lucinda, tenía una moneda dorada que el patrón del campo vecino le dejó como recuerdo de su viaje al exterior. Ni siquiera sabía porqué, pero lo cierto es que la conservaba como si fuera un objeto muy valioso.
Con sus dieciséis años, en su miserable cuarto de adobe, se puso a llorar sin consuelo. En una de sus manos apretaba la moneda. De pronto, sin mediar palabra, hizo su aparición el patrón del burdel, se acercó a ella, la tomó con rudeza por los hombros y la desnudó. Su cuerpo esmirriado comenzó a temblar, sus senos pequeños quedaron expuestos en su vulnerabilidad. Los gritos del patrón no se hicieron esperar, Lucinda permaneció hecha un ovillo en un rincón mientras el hombre agitaba una mano advirtiéndole que era la última vez que iba a tolerar que los clientes se quejaran de ella. Cada descarga de insultos dejaba una vahada de aliento alcoholizado en el rostro de la niña víctima, sobre todo porque el patrón reafirmaba sus derechos acercando el rostro. En un momento dado, el hombre se confió demasiado sin advertir que Lucinda estiraba una mano hacia la mesa de luz para tomar un cuchillo. Él, retrocedió unos pasos y la observó, se hecho a reír y envalentonado la desafió:
-¿Qué me vas a hacer?, ¡putita, pendeja! Con la mirada clavada en el hombre se incorporó lentamente mientras él encaraba otra vez hacia ella. Sin que la mano le temblara, Lucinda le hundió el cuchillo entre la oreja y el hombro.... En cuestión de segundos, la risa burlona se transformó en un gemido lastimero. Un chorro de sangre empezó a lavar el piso de tierra de aquel cuartucho miserable. Instintivamente, Lucinda apartó su desnudez del cuerpo inerte para no mancharse. La moneda apretada en su mano izquierda parece darle fuerza, con la mano derecha toma su ajado bolso, se aleja del lugar sin mirar atrás.

En el set Julia espera para la escena cuatro. La casa de locación era un hervidero de ruidos y luces, de asistentes que se cruzaban constantemente dando indicaciones. Los pasillos se veían ocupados por las máquinas.
–Todos tomen sus puestos y sigan en silencio lo que ordena el fotógrafo, se filma la escena cuatro…- gritó el director. Muchas miradas expectantes se posaron ante su figura.
Julia, la protagonista, está sentada en el borde de un camastro en una miserable pieza de adobe. Se le cae la bata de raso blanco dejando ver el cuerpo desnudo, la asistente sigilosamente se lleva su prenda.
Por la puerta de la derecha entra un actor gordo, vestido con bombacha y camisa blanca, luce un facón en la cintura y un sombrero ladeado. Se comienza a rodar: el actor le grita a la protagonista que la va a echar si sigue tratando mal a los clientes. Ella, pasados unos segundos, descruza las piernas, se incorpora y se dirige hacia la mesa de luz improvisada donde se apoya de espaldas, luego, da unos pasos hacia el hombre que la agravia y sin vacilar le clava el cuchillo, que lleva entre sus manos, entre el hombro y la oreja. La sangre escapa a borbotones hasta formar un charco en el piso, la actriz se corre hacia un cortado, ante una orden, el fotógrafo baja la cámara.
Se detiene en la mano izquierda de la mujer, que se abre lentamente mostrando una moneda dorada con una esfinge egipcia. Hay un momento de silencio y luego se escucha la voz del director que dice “¡Corte!”.

Victoria Aloisio, Septiembre 2006.

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