Él no sabía pero estaba en camino de hacer el último viaje a la Capital. Cada treinta días dejaba Coronel Pringles para ir a comprar materiales que se necesitaban en el campo. Don Jorge Mendizábal era todo un señor, con una esposa dedicada a su servicio, los hijos ya en la universidad y una buena posición económica. En el pueblo le guardaban respeto y admiración.
Cuando arribó al barrio de Palermo, dejó estacionada la camioneta 4x4 en el garaje del departamento racionalista. Lo había heredado de la familia hacía ya algunos años. La decoración era despojada, nada de lujo, solamente algunos cuadros de firma en las paredes ocres.
La luz era escasa, sin embargo, poco le importaba a Jorge este detalle, pues él se encargaba de disfrutarlo por la noche.
Regresó al concluir las compras, se bañó, luego se vistió como para una ocasión especial. Se puso pantalón de jean, una camisa celeste, mocasines marrones. Fue hacia el baño, se peinó tirante con gomina, le gustaba ver en el espejo su imagen, la piel del rostro tostada por el sol.
Había llegado el atardecer, eligió algo liviano para comer, tomó una cerveza, mientras dirigía la mirada al dormitorio. Preparó el aparato de música y acomodó otras cosas. Dio una mirada, parecía estar conforme.
En un rincón del living, un bolso con palos de golf. Era un gran jugador, había ganado varios torneos, como casi todos los hombres de su familia.
Tomó el celular, buscó entre varios números para cambiar de compañía por las dudas, recién allí llamó pidiendo un taxi.
El coche estaba llegando a Constitución, en el barrio había mucha gente, los boliches encendían sus luces. En el interior del auto se oían sonidos de cumbia, alternados con la voz del operador que anunciaba nuevos viajes.
A indicación de Jorge el chofer giró a la derecha, anduvo unos metros, parecían buscar algo. De pronto, dio la orden de detenerse a mitad de la vereda.
Cuando ella apareció, él le sonrió. Caminaba balanceándose al ritmo de sus pasos, luciendo una silueta de dieciséis años, brillante como un cartel luminoso. Se conocían desde hacía seis meses. Romina, con una amplia sonrisa lo esperaba, era su mejor cliente. Caminaba con gracia felina acercándose y moviendo sus caderas al compás de su mini de leopardo. Sus pechos de silicona, tal vez muy grandes para su delgadez, yacían apretados en la remera.
Jorge hizo una seña, ella se acercó a la ventanilla, colocó una mano sobre la boca pintada de rojo, luego extendió su brazo y acarició el cuello de él.
-Te extrañé. Hace casi un mes que no venís.
-Más o menos. Hoy tuve un lugarcito, tenía ganas de verte.
-¿Cómo andás?
-Para mí siempre lo mismo, allá en el campo trabajo y trabajo. ¿Y vos?
-Yo más o menos, la calle está dura. Hay noches que me quedo hasta el amanecer y no consigo nada.
Romina subió al coche, durante el viaje conversaron en voz baja, quizás de la vida de cada uno. Gran parte del recorrido Jorge sintió que los tacos finos de los zapatos de charol negro, se clavaban con suavidad en su tobillo, acariciándolo. Luego de dar una vuelta por la zona, estuvieron de acuerdo en bajar a mitad de cuadra, Jorge pagó y el taxi partió.
Cuando llegaron al cuarto piso, se notaba que ya estaba preparado: música lenta, luces rojas, velas aromáticas que eran encendidas en ese momento.
El hombre fue hacia el televisor, lo prendió, apareció la pantalla fundida a gris y Romina le preguntó para qué, mientras se regaba el aliento con una pastilla de anís.
-Para más tarde, por si lo necesitamos.
En su mano tenía un video que dejó sobre la casetera.
Fue hacia la heladera, regresó con una botella de champagne y dos copas, brindaron. Luego, cada uno tomó un sobrecito blanco, primero Jorge fue al baño, después ella. No tenían la confianza suficiente para hacerlo juntos.
Tiempo después comenzaron a tocarse, a atraerse, la escena era intensa. Los cuerpos desnudos entrelazados rodaban por el piso. En esos momentos el brillo de la piel transpirada, las gotas de sudor que corrían y caían por las espaldas, daban cuenta del fuego que los devoraba. La noche de aventura subía de tono, llenaba el cuarto de gemidos.
A esta altura del desenfreno, se escuchaba la respiración agitada de Romina. Ella no podía apartar los pensamientos de su cabeza, este mes no había pagado el alquiler de la pensión. Hacía casi tres años que estaba en Buenos Aires y todo lo que ganaba lo gastaba en arreglarse y vestirse, cada vez debía más dinero, ya no podía seguir viviendo de prestado.
El deseo convoca situaciones complejas, Jorge comenzó a buscar y elegir placeres cada vez más oscuros sin medir el peligro.
El hombre yacía debajo de Romina, se incorporó reponiéndose de la tarea, tomó aliento y bebió de la botella hasta vaciarla.
El clima comenzaba a enrarecerse, un silencio frío sin palabras, pero amenazador, envolvía el cuarto. Jorge con suavidad condujo a Romina hacia el respaldo de la cama, a ella, como un relámpago, se le aparecieron imágenes de su madre, los trapos de la vieja cortina con los que la sujetaba para que no se vistiera con ropa de prostituta, eso lo hizo desde los ocho hasta los once años.
En ese momento, algo cambió, Romina aun respiraba agitada, la violencia había comenzaba a volar en el aire, Jorge intentaba atarla con el cinturón de la bata de baño, comenzaron a forcejear, cuando llegaron al respaldo de la cama la situación se transformo en una pelea.
Pasado un momento, él comenzó a reírse mientras intentaba acariciarla, ella lo rechazaba y él continuaba riendo. Romina bajó la cabeza, la risa de la madre desde la cocina y su voz que volvía “Te voy a dar pendex, vas a ver, conmigo no jugás”.
Romina intentó detener la pelea, mientras que decía:
-No me jodas Jorge, por favor, de chica me sujetaban, no me gusta ¿sabés?
-Dale, no me digas que tenes miedo, probemos.
En la cabeza de él giraban los pensamientos: había que domarla como a los potrillos, a los saltos y a los golpes.
Seguía riendo, mientras, Romina logró soltarse de los brazos que la retenían, pegó un salto de la cama, como un potrillo embravecido, escuchando la voz de su madre: “No te quiero en esta casa, sos indecente”. Hoy durante el día no había juntado plata para comer, el alcohol mezclado con la droga no le había hecho bien, la cabeza le quemaba.
Buscó su cartera ajada, sacó un par de guates de latex que siempre llevaba con ella por prevención, como le habían enseñado sus compañeras mayores. A esta altura sus pensamientos explotaban, solo murmuraba: viejo puto, fiestero y ricachon. La última vez lo había visto sacar el dinero del otro cuarto. Por qué a él le tocó tanto y a mí tan poco.
Jorge con los ojos entrecerrados, como dormitando, tirado en la cama no se daba cuenta de nada.
Los pensamientos no cesaban, la sensación del día en que la echaron del pueblo con apenas catorce años, no se borraba. Sobre todo que la madre, aún hoy la sigue llamando Carlitos, negando que sea un travesti.
Ella recorrió el living con su mirada, fue hacia el rincón, encontró la bolsa, tomó el hierro 7 sin saber que era uno de los palos más duros, volvió al cuarto.
El golpe, descargado con rabia, impactó de lleno en la nuca de Jorge, el cuerpo pesado cayó en la alfombra con un ruido seco. El estruendo se perdió con los sonidos de la música. Un hilo rojo se fue extendiendo, Romina tiró el hierro 7.
Buscó y encontró la llave, corrió el cuadro, apareció la caja fuerte, sacó un fajo de billetes, se vistió y colocó el dinero en la ingle. Se calzó los zapatos de charol, respiró desahogada y con andar felino se alejó de la escena.
Victoria Aloisio, enero de 2007
Cuando arribó al barrio de Palermo, dejó estacionada la camioneta 4x4 en el garaje del departamento racionalista. Lo había heredado de la familia hacía ya algunos años. La decoración era despojada, nada de lujo, solamente algunos cuadros de firma en las paredes ocres.
La luz era escasa, sin embargo, poco le importaba a Jorge este detalle, pues él se encargaba de disfrutarlo por la noche.
Regresó al concluir las compras, se bañó, luego se vistió como para una ocasión especial. Se puso pantalón de jean, una camisa celeste, mocasines marrones. Fue hacia el baño, se peinó tirante con gomina, le gustaba ver en el espejo su imagen, la piel del rostro tostada por el sol.
Había llegado el atardecer, eligió algo liviano para comer, tomó una cerveza, mientras dirigía la mirada al dormitorio. Preparó el aparato de música y acomodó otras cosas. Dio una mirada, parecía estar conforme.
En un rincón del living, un bolso con palos de golf. Era un gran jugador, había ganado varios torneos, como casi todos los hombres de su familia.
Tomó el celular, buscó entre varios números para cambiar de compañía por las dudas, recién allí llamó pidiendo un taxi.
El coche estaba llegando a Constitución, en el barrio había mucha gente, los boliches encendían sus luces. En el interior del auto se oían sonidos de cumbia, alternados con la voz del operador que anunciaba nuevos viajes.
A indicación de Jorge el chofer giró a la derecha, anduvo unos metros, parecían buscar algo. De pronto, dio la orden de detenerse a mitad de la vereda.
Cuando ella apareció, él le sonrió. Caminaba balanceándose al ritmo de sus pasos, luciendo una silueta de dieciséis años, brillante como un cartel luminoso. Se conocían desde hacía seis meses. Romina, con una amplia sonrisa lo esperaba, era su mejor cliente. Caminaba con gracia felina acercándose y moviendo sus caderas al compás de su mini de leopardo. Sus pechos de silicona, tal vez muy grandes para su delgadez, yacían apretados en la remera.
Jorge hizo una seña, ella se acercó a la ventanilla, colocó una mano sobre la boca pintada de rojo, luego extendió su brazo y acarició el cuello de él.
-Te extrañé. Hace casi un mes que no venís.
-Más o menos. Hoy tuve un lugarcito, tenía ganas de verte.
-¿Cómo andás?
-Para mí siempre lo mismo, allá en el campo trabajo y trabajo. ¿Y vos?
-Yo más o menos, la calle está dura. Hay noches que me quedo hasta el amanecer y no consigo nada.
Romina subió al coche, durante el viaje conversaron en voz baja, quizás de la vida de cada uno. Gran parte del recorrido Jorge sintió que los tacos finos de los zapatos de charol negro, se clavaban con suavidad en su tobillo, acariciándolo. Luego de dar una vuelta por la zona, estuvieron de acuerdo en bajar a mitad de cuadra, Jorge pagó y el taxi partió.
Cuando llegaron al cuarto piso, se notaba que ya estaba preparado: música lenta, luces rojas, velas aromáticas que eran encendidas en ese momento.
El hombre fue hacia el televisor, lo prendió, apareció la pantalla fundida a gris y Romina le preguntó para qué, mientras se regaba el aliento con una pastilla de anís.
-Para más tarde, por si lo necesitamos.
En su mano tenía un video que dejó sobre la casetera.
Fue hacia la heladera, regresó con una botella de champagne y dos copas, brindaron. Luego, cada uno tomó un sobrecito blanco, primero Jorge fue al baño, después ella. No tenían la confianza suficiente para hacerlo juntos.
Tiempo después comenzaron a tocarse, a atraerse, la escena era intensa. Los cuerpos desnudos entrelazados rodaban por el piso. En esos momentos el brillo de la piel transpirada, las gotas de sudor que corrían y caían por las espaldas, daban cuenta del fuego que los devoraba. La noche de aventura subía de tono, llenaba el cuarto de gemidos.
A esta altura del desenfreno, se escuchaba la respiración agitada de Romina. Ella no podía apartar los pensamientos de su cabeza, este mes no había pagado el alquiler de la pensión. Hacía casi tres años que estaba en Buenos Aires y todo lo que ganaba lo gastaba en arreglarse y vestirse, cada vez debía más dinero, ya no podía seguir viviendo de prestado.
El deseo convoca situaciones complejas, Jorge comenzó a buscar y elegir placeres cada vez más oscuros sin medir el peligro.
El hombre yacía debajo de Romina, se incorporó reponiéndose de la tarea, tomó aliento y bebió de la botella hasta vaciarla.
El clima comenzaba a enrarecerse, un silencio frío sin palabras, pero amenazador, envolvía el cuarto. Jorge con suavidad condujo a Romina hacia el respaldo de la cama, a ella, como un relámpago, se le aparecieron imágenes de su madre, los trapos de la vieja cortina con los que la sujetaba para que no se vistiera con ropa de prostituta, eso lo hizo desde los ocho hasta los once años.
En ese momento, algo cambió, Romina aun respiraba agitada, la violencia había comenzaba a volar en el aire, Jorge intentaba atarla con el cinturón de la bata de baño, comenzaron a forcejear, cuando llegaron al respaldo de la cama la situación se transformo en una pelea.
Pasado un momento, él comenzó a reírse mientras intentaba acariciarla, ella lo rechazaba y él continuaba riendo. Romina bajó la cabeza, la risa de la madre desde la cocina y su voz que volvía “Te voy a dar pendex, vas a ver, conmigo no jugás”.
Romina intentó detener la pelea, mientras que decía:
-No me jodas Jorge, por favor, de chica me sujetaban, no me gusta ¿sabés?
-Dale, no me digas que tenes miedo, probemos.
En la cabeza de él giraban los pensamientos: había que domarla como a los potrillos, a los saltos y a los golpes.
Seguía riendo, mientras, Romina logró soltarse de los brazos que la retenían, pegó un salto de la cama, como un potrillo embravecido, escuchando la voz de su madre: “No te quiero en esta casa, sos indecente”. Hoy durante el día no había juntado plata para comer, el alcohol mezclado con la droga no le había hecho bien, la cabeza le quemaba.
Buscó su cartera ajada, sacó un par de guates de latex que siempre llevaba con ella por prevención, como le habían enseñado sus compañeras mayores. A esta altura sus pensamientos explotaban, solo murmuraba: viejo puto, fiestero y ricachon. La última vez lo había visto sacar el dinero del otro cuarto. Por qué a él le tocó tanto y a mí tan poco.
Jorge con los ojos entrecerrados, como dormitando, tirado en la cama no se daba cuenta de nada.
Los pensamientos no cesaban, la sensación del día en que la echaron del pueblo con apenas catorce años, no se borraba. Sobre todo que la madre, aún hoy la sigue llamando Carlitos, negando que sea un travesti.
Ella recorrió el living con su mirada, fue hacia el rincón, encontró la bolsa, tomó el hierro 7 sin saber que era uno de los palos más duros, volvió al cuarto.
El golpe, descargado con rabia, impactó de lleno en la nuca de Jorge, el cuerpo pesado cayó en la alfombra con un ruido seco. El estruendo se perdió con los sonidos de la música. Un hilo rojo se fue extendiendo, Romina tiró el hierro 7.
Buscó y encontró la llave, corrió el cuadro, apareció la caja fuerte, sacó un fajo de billetes, se vistió y colocó el dinero en la ingle. Se calzó los zapatos de charol, respiró desahogada y con andar felino se alejó de la escena.
Victoria Aloisio, enero de 2007
No hay comentarios:
Publicar un comentario