El día en que me echaron de la universidad, salí sin rumbo fijo, así como estaba vestido con traje y corbata me fui a caminar sin destino alguno. Cuando me di cuenta me encontraba por la calle San Juan y La Rioja.
No quería presentarme ante mi familia con un fracaso más; caminé, caminé, hasta llegar cerca del puerto. Me agradaba el olor de los galpones deshabitados de personas pero llenos de mercaderías en desuso.
Mi nombre es Ricardo, aún no cumplí cuarenta años, continúo delgado gracias al deporte que hago tres veces por semana. A mi cabello, largo y lacio, lo cepillo todas las noches, de día lo ato con una colita para estar más prolijo.
Me gusta vestir bien, combinar los colores casi con obsesión, si tengo azules, debo estar todo dentro de la gama. Desde chico uso colonias para perfumarme, mi madre me decía que me producía más que mi hermana Carmen.
-Para qué te producís tanto si querés ser escritor, no un modelo de TV.
Estudié letras, me recibí y desde entonces trabajo como adjunto en una cátedra de literatura rusa, es coherente a mi especialidad.
Dieciséis años atrás, en una noche fría que no podré olvidar nunca, estaba con mi novia y me sorprendió con la novedad de que estaba embarazada.
No es la exactitud de las fechas lo que busco, es el peso del recuerdo que se alarga hasta cubrir incluso las mentiras.
Sus padres nos obligaron a casarnos. El hijo no vino porque no existía, pero conviviendo, durmiendo todas las noches, un año después nació Carolina.
Desde ese momento tuve que buscar trabajos no del todo placenteros, me invadió la responsabilidad y necesitaba dinero para mantener a una familia que no había deseado.
En aquel entonces, comencé a dar clases de literatura en un instituto privado que da apoyo para el ingreso a colegios secundarios, entre otros trabajos que tomé. Poco a poco fui consiguiendo sostener a mi familia.
Caminaba por la angosta vereda, veía asomar por el cerco del enrejado la cabeza de los gatos, algunos subían y caminaban a mi lado maullando, tal vez creyendo que yo les iba a dar de comer. El fuerte olor del pis de los gatos se metía en mis narices. Atravesé el descapampado, estaba solo y comenzaba a anochecer.
Hay una frase que yo no sé si escuché, o la imaginé, pero dicen de mí que no soy feliz. Esa tarde se confirmó.
El rector me había mandado a llamar, fui caminando despacio hacia la oficina.
Ya estaba cansado de tanta discusión, me agotaba con sus idas y venidas. En realidad la cátedra de literatura rusa era lo que yo había elegido, pero me resultaba difícil enseñarla de la forma que exigía la gente de la facultad.
Comenzó a darme explicaciones, no le gustaba como yo trataba a los alumnos, ni eso de sentarme en círculo con ellos, menos discutir de la revolución.
El diálogo fue creciendo, la voz del rector aguda, se fue elevando. No medí el peso de mis palabras, de pronto me escuché diciéndole:
-Los escritorios quedan y los hombres pasan.
-Ajá, entiendo lo que está diciendo. No entró en el mundo de los negocios.
Alzó aún más la voz:
-Hasta aquí llegué.
-¿Hasta donde llegó? ¿Qué quiere decir con eso?
Me proporciona cierta decepción ver la injusticia en el funcionamiento de la facultad.
-No tengo ni quiero recibir explicaciones suyas. Queda despedido.
De pronto, en mi mente se impusieron las jornadas de discusión con los alumnos de la cátedra de literatura rusa, mi mirada se dirigía hacia el chico rubio de ojos claros y labios carnosos que defendía con pasión a Chejov.
Sus rulos enredados lo cubrían y le daban una expresión de ángel perverso, por su camisa abierta aparecía un vello claro. Un suave escozor me recorría el antebrazo, más que su voz me impresionaba el grosor de los labios, mi mirada se detenía ahí. Reconozco que prefiero dar clases a los alumnos varones ante que a las mujeres, me fascina detener mi mirada en sus cuerpos jóvenes e inocentes.
Sonó el timbre, la clase se dispersó, el alumno se acercó y continuamos hablando de “La dama y el perrito”. Por mi cuerpo seguía corriendo un escozor, habitual a mis sentidos cuando él estaba próximo.
Apareció un muchacho moreno, de repente se acercó al rubio, pasó el brazo por el hombro y se lo llevó. Quedé inmóvil, mirándolos alejarse por el pasillo.
Cada vez me alejaba más de la ciudad, me di vuelta y vi que quedaba atrás. También vi a un muchacho caminando detrás de mío. De pronto, sentí que alguien tironeaba de mi saco. Pensé que era un asalto, me detuve, pero al ver la mirada y la vestimenta del muchacho, me tranquilicé.
Si bien no lo conocía, él se me acercaba cada vez más. Era un chico largo y flaco, moreno, que no hablaba. Nos quedamos de frente.
Prendí un cigarrillo, él miró, le hice una seña, él bajó la cabeza, lo invité con uno y él acepto, le pasé los fósforos.
Los dos mirábamos los anillos de humo que se iban hasta el cielo. Cuando terminamos de fumar me corrí y me apoyé en una reja. Él se fue arrodillando.
La escena del escritorio de la universidad ya no taladraba mi cabeza. Volví a mirar la cara del chico, su ojos estaban puestos en mi boca. Sentí que el calor subía por mi cuerpo mientras el joven rozaba mi cintura. Ya nada me importaba, el día se había perdido, el rector con su voz aguda dejó de martillar mi cerebro mientras el joven se acercaba rozando con la boca, esta vez más abajo.
Desprendió el cinturón, apenas dobló las puntas de mi pantalón. Así como estaba, de rodillas, se acercó a mi bragueta, yo no lo impedí. Me sentía excitado por esa extraña experiencia. No sabía mucho que hacer, estaba inmóvil, era mi primera vez y sentía que estaba prohibido en mi vida, pero el placer recorría mi cuerpo.
La voz de mi mujer diciendo:
-Ahora de que vamos a vivir, otra vez sin trabajo fijo. ¿Y la obra social?
En ese momento, la imagen de mi hija Carolina volvía a mi mente que con una sonrisa me reprochaba.
-Papá, ¿que estás haciendo?
Sin embargo, de pronto, me encontré pidiendo más, ya no lo miraba ni me miraba, ambos habíamos traspasado el límite.
Victoria Aloisio
Junio 2007