lunes, 7 de diciembre de 2009

Los cuentos aún no se conocen, el latido de la palabra convoca, el lado oscuro se hace luz. Requiero lectores que lean mis relatos, hasta sacarles las criticas. Que me custodien en el momento previo a la caída de ser lineal o poco creativa,
repitiendo a Alejandra Pizarnik:

El lenguaje...
"yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picas o te quedás,
pero no me toques así…"

Montaje Paralelo

Julia salió de su casa con el apuro de alguien que no puede perder un minuto más. En la calle, le hizo señas a un taxi. Cuando llegó a la filmación estaba muy demorada. Como solía ocurrir casi siempre, se encontró con el segundo utilero que al verla tan alterada sólo atinó a echarle una mirada piadosa. De inmediato el hombre sacó de su bolsillo una moneda dorada, que en una de sus caras tenía grabada una esfinge. Se la dio a la actriz para que la tuviera en su mano, diciéndole que la ayudaría a calmar la ira del director.
Mientras Julia caminaba hacia su camarín escuchó los ruidos de jarrones y ceniceros que se estrellaban contra la pared. Una sensación de miedo la invadió de pronto y decidió ocultarse en el set.

Comenzó a llorar sin poder contenerse. Le preocupaban las ojeras que ensombrecían la piel debajo de sus ojos, había un primer plano en la escena que ese día debía representar.
Cuando apareció el director, ella sacó la moneda y la apretó con fuera en su mano, no sabía por qué. Mientras los gritos se oían por todo el estudio, Julia bajó la cabeza
-Si seguís llegando tarde- sentenció furioso el director -, te comunico que la película no se suspende, pero vos no pertenecés más al elenco. Julia lo miró con el rostro desencajado, le rogó que la disculpara, le prometió que nunca más iba a llegar tarde. Finalmente, la ira del hombre se fue calmando y aceptó dejar las cosas como estaban porque el productor así lo demandaba.
-Gracias, finalmente me entendiste- susurra Julia.

Hace mucho tiempo, en el burdel del pueblo, en las afueras de Corrientes, Lucinda, tenía una moneda dorada que el patrón del campo vecino le dejó como recuerdo de su viaje al exterior. Ni siquiera sabía porqué, pero lo cierto es que la conservaba como si fuera un objeto muy valioso.
Con sus dieciséis años, en su miserable cuarto de adobe, se puso a llorar sin consuelo. En una de sus manos apretaba la moneda. De pronto, sin mediar palabra, hizo su aparición el patrón del burdel, se acercó a ella, la tomó con rudeza por los hombros y la desnudó. Su cuerpo esmirriado comenzó a temblar, sus senos pequeños quedaron expuestos en su vulnerabilidad. Los gritos del patrón no se hicieron esperar, Lucinda permaneció hecha un ovillo en un rincón mientras el hombre agitaba una mano advirtiéndole que era la última vez que iba a tolerar que los clientes se quejaran de ella. Cada descarga de insultos dejaba una vahada de aliento alcoholizado en el rostro de la niña víctima, sobre todo porque el patrón reafirmaba sus derechos acercando el rostro. En un momento dado, el hombre se confió demasiado sin advertir que Lucinda estiraba una mano hacia la mesa de luz para tomar un cuchillo. Él, retrocedió unos pasos y la observó, se hecho a reír y envalentonado la desafió:
-¿Qué me vas a hacer?, ¡putita, pendeja! Con la mirada clavada en el hombre se incorporó lentamente mientras él encaraba otra vez hacia ella. Sin que la mano le temblara, Lucinda le hundió el cuchillo entre la oreja y el hombro.... En cuestión de segundos, la risa burlona se transformó en un gemido lastimero. Un chorro de sangre empezó a lavar el piso de tierra de aquel cuartucho miserable. Instintivamente, Lucinda apartó su desnudez del cuerpo inerte para no mancharse. La moneda apretada en su mano izquierda parece darle fuerza, con la mano derecha toma su ajado bolso, se aleja del lugar sin mirar atrás.

En el set Julia espera para la escena cuatro. La casa de locación era un hervidero de ruidos y luces, de asistentes que se cruzaban constantemente dando indicaciones. Los pasillos se veían ocupados por las máquinas.
–Todos tomen sus puestos y sigan en silencio lo que ordena el fotógrafo, se filma la escena cuatro…- gritó el director. Muchas miradas expectantes se posaron ante su figura.
Julia, la protagonista, está sentada en el borde de un camastro en una miserable pieza de adobe. Se le cae la bata de raso blanco dejando ver el cuerpo desnudo, la asistente sigilosamente se lleva su prenda.
Por la puerta de la derecha entra un actor gordo, vestido con bombacha y camisa blanca, luce un facón en la cintura y un sombrero ladeado. Se comienza a rodar: el actor le grita a la protagonista que la va a echar si sigue tratando mal a los clientes. Ella, pasados unos segundos, descruza las piernas, se incorpora y se dirige hacia la mesa de luz improvisada donde se apoya de espaldas, luego, da unos pasos hacia el hombre que la agravia y sin vacilar le clava el cuchillo, que lleva entre sus manos, entre el hombro y la oreja. La sangre escapa a borbotones hasta formar un charco en el piso, la actriz se corre hacia un cortado, ante una orden, el fotógrafo baja la cámara.
Se detiene en la mano izquierda de la mujer, que se abre lentamente mostrando una moneda dorada con una esfinge egipcia. Hay un momento de silencio y luego se escucha la voz del director que dice “¡Corte!”.

Victoria Aloisio, Septiembre 2006.

El Límite

El día en que me echaron de la universidad, salí sin rumbo fijo, así como estaba vestido con traje y corbata me fui a caminar sin destino alguno. Cuando me di cuenta me encontraba por la calle San Juan y La Rioja.
No quería presentarme ante mi familia con un fracaso más; caminé, caminé, hasta llegar cerca del puerto. Me agradaba el olor de los galpones deshabitados de personas pero llenos de mercaderías en desuso.

Mi nombre es Ricardo, aún no cumplí cuarenta años, continúo delgado gracias al deporte que hago tres veces por semana. A mi cabello, largo y lacio, lo cepillo todas las noches, de día lo ato con una colita para estar más prolijo.
Me gusta vestir bien, combinar los colores casi con obsesión, si tengo azules, debo estar todo dentro de la gama. Desde chico uso colonias para perfumarme, mi madre me decía que me producía más que mi hermana Carmen.
-Para qué te producís tanto si querés ser escritor, no un modelo de TV.
Estudié letras, me recibí y desde entonces trabajo como adjunto en una cátedra de literatura rusa, es coherente a mi especialidad.
Dieciséis años atrás, en una noche fría que no podré olvidar nunca, estaba con mi novia y me sorprendió con la novedad de que estaba embarazada.
No es la exactitud de las fechas lo que busco, es el peso del recuerdo que se alarga hasta cubrir incluso las mentiras.
Sus padres nos obligaron a casarnos. El hijo no vino porque no existía, pero conviviendo, durmiendo todas las noches, un año después nació Carolina.
Desde ese momento tuve que buscar trabajos no del todo placenteros, me invadió la responsabilidad y necesitaba dinero para mantener a una familia que no había deseado.
En aquel entonces, comencé a dar clases de literatura en un instituto privado que da apoyo para el ingreso a colegios secundarios, entre otros trabajos que tomé. Poco a poco fui consiguiendo sostener a mi familia.

Caminaba por la angosta vereda, veía asomar por el cerco del enrejado la cabeza de los gatos, algunos subían y caminaban a mi lado maullando, tal vez creyendo que yo les iba a dar de comer. El fuerte olor del pis de los gatos se metía en mis narices. Atravesé el descapampado, estaba solo y comenzaba a anochecer.
Hay una frase que yo no sé si escuché, o la imaginé, pero dicen de mí que no soy feliz. Esa tarde se confirmó.

El rector me había mandado a llamar, fui caminando despacio hacia la oficina.
Ya estaba cansado de tanta discusión, me agotaba con sus idas y venidas. En realidad la cátedra de literatura rusa era lo que yo había elegido, pero me resultaba difícil enseñarla de la forma que exigía la gente de la facultad.
Comenzó a darme explicaciones, no le gustaba como yo trataba a los alumnos, ni eso de sentarme en círculo con ellos, menos discutir de la revolución.
El diálogo fue creciendo, la voz del rector aguda, se fue elevando. No medí el peso de mis palabras, de pronto me escuché diciéndole:
-Los escritorios quedan y los hombres pasan.
-Ajá, entiendo lo que está diciendo. No entró en el mundo de los negocios.
Alzó aún más la voz:
-Hasta aquí llegué.
-¿Hasta donde llegó? ¿Qué quiere decir con eso?
Me proporciona cierta decepción ver la injusticia en el funcionamiento de la facultad.
-No tengo ni quiero recibir explicaciones suyas. Queda despedido.

De pronto, en mi mente se impusieron las jornadas de discusión con los alumnos de la cátedra de literatura rusa, mi mirada se dirigía hacia el chico rubio de ojos claros y labios carnosos que defendía con pasión a Chejov.
Sus rulos enredados lo cubrían y le daban una expresión de ángel perverso, por su camisa abierta aparecía un vello claro. Un suave escozor me recorría el antebrazo, más que su voz me impresionaba el grosor de los labios, mi mirada se detenía ahí. Reconozco que prefiero dar clases a los alumnos varones ante que a las mujeres, me fascina detener mi mirada en sus cuerpos jóvenes e inocentes.
Sonó el timbre, la clase se dispersó, el alumno se acercó y continuamos hablando de “La dama y el perrito”. Por mi cuerpo seguía corriendo un escozor, habitual a mis sentidos cuando él estaba próximo.
Apareció un muchacho moreno, de repente se acercó al rubio, pasó el brazo por el hombro y se lo llevó. Quedé inmóvil, mirándolos alejarse por el pasillo.

Cada vez me alejaba más de la ciudad, me di vuelta y vi que quedaba atrás. También vi a un muchacho caminando detrás de mío. De pronto, sentí que alguien tironeaba de mi saco. Pensé que era un asalto, me detuve, pero al ver la mirada y la vestimenta del muchacho, me tranquilicé.
Si bien no lo conocía, él se me acercaba cada vez más. Era un chico largo y flaco, moreno, que no hablaba. Nos quedamos de frente.
Prendí un cigarrillo, él miró, le hice una seña, él bajó la cabeza, lo invité con uno y él acepto, le pasé los fósforos.
Los dos mirábamos los anillos de humo que se iban hasta el cielo. Cuando terminamos de fumar me corrí y me apoyé en una reja. Él se fue arrodillando.
La escena del escritorio de la universidad ya no taladraba mi cabeza. Volví a mirar la cara del chico, su ojos estaban puestos en mi boca. Sentí que el calor subía por mi cuerpo mientras el joven rozaba mi cintura. Ya nada me importaba, el día se había perdido, el rector con su voz aguda dejó de martillar mi cerebro mientras el joven se acercaba rozando con la boca, esta vez más abajo.
Desprendió el cinturón, apenas dobló las puntas de mi pantalón. Así como estaba, de rodillas, se acercó a mi bragueta, yo no lo impedí. Me sentía excitado por esa extraña experiencia. No sabía mucho que hacer, estaba inmóvil, era mi primera vez y sentía que estaba prohibido en mi vida, pero el placer recorría mi cuerpo.
La voz de mi mujer diciendo:
-Ahora de que vamos a vivir, otra vez sin trabajo fijo. ¿Y la obra social?
En ese momento, la imagen de mi hija Carolina volvía a mi mente que con una sonrisa me reprochaba.
-Papá, ¿que estás haciendo?
Sin embargo, de pronto, me encontré pidiendo más, ya no lo miraba ni me miraba, ambos habíamos traspasado el límite.


Victoria Aloisio
Junio 2007

Apenas un hierro 7

Él no sabía pero estaba en camino de hacer el último viaje a la Capital. Cada treinta días dejaba Coronel Pringles para ir a comprar materiales que se necesitaban en el campo. Don Jorge Mendizábal era todo un señor, con una esposa dedicada a su servicio, los hijos ya en la universidad y una buena posición económica. En el pueblo le guardaban respeto y admiración.

Cuando arribó al barrio de Palermo, dejó estacionada la camioneta 4x4 en el garaje del departamento racionalista. Lo había heredado de la familia hacía ya algunos años. La decoración era despojada, nada de lujo, solamente algunos cuadros de firma en las paredes ocres.
La luz era escasa, sin embargo, poco le importaba a Jorge este detalle, pues él se encargaba de disfrutarlo por la noche.
Regresó al concluir las compras, se bañó, luego se vistió como para una ocasión especial. Se puso pantalón de jean, una camisa celeste, mocasines marrones. Fue hacia el baño, se peinó tirante con gomina, le gustaba ver en el espejo su imagen, la piel del rostro tostada por el sol.
Había llegado el atardecer, eligió algo liviano para comer, tomó una cerveza, mientras dirigía la mirada al dormitorio. Preparó el aparato de música y acomodó otras cosas. Dio una mirada, parecía estar conforme.
En un rincón del living, un bolso con palos de golf. Era un gran jugador, había ganado varios torneos, como casi todos los hombres de su familia.
Tomó el celular, buscó entre varios números para cambiar de compañía por las dudas, recién allí llamó pidiendo un taxi.

El coche estaba llegando a Constitución, en el barrio había mucha gente, los boliches encendían sus luces. En el interior del auto se oían sonidos de cumbia, alternados con la voz del operador que anunciaba nuevos viajes.
A indicación de Jorge el chofer giró a la derecha, anduvo unos metros, parecían buscar algo. De pronto, dio la orden de detenerse a mitad de la vereda.
Cuando ella apareció, él le sonrió. Caminaba balanceándose al ritmo de sus pasos, luciendo una silueta de dieciséis años, brillante como un cartel luminoso. Se conocían desde hacía seis meses. Romina, con una amplia sonrisa lo esperaba, era su mejor cliente. Caminaba con gracia felina acercándose y moviendo sus caderas al compás de su mini de leopardo. Sus pechos de silicona, tal vez muy grandes para su delgadez, yacían apretados en la remera.
Jorge hizo una seña, ella se acercó a la ventanilla, colocó una mano sobre la boca pintada de rojo, luego extendió su brazo y acarició el cuello de él.
-Te extrañé. Hace casi un mes que no venís.
-Más o menos. Hoy tuve un lugarcito, tenía ganas de verte.
-¿Cómo andás?
-Para mí siempre lo mismo, allá en el campo trabajo y trabajo. ¿Y vos?
-Yo más o menos, la calle está dura. Hay noches que me quedo hasta el amanecer y no consigo nada.
Romina subió al coche, durante el viaje conversaron en voz baja, quizás de la vida de cada uno. Gran parte del recorrido Jorge sintió que los tacos finos de los zapatos de charol negro, se clavaban con suavidad en su tobillo, acariciándolo. Luego de dar una vuelta por la zona, estuvieron de acuerdo en bajar a mitad de cuadra, Jorge pagó y el taxi partió.
Cuando llegaron al cuarto piso, se notaba que ya estaba preparado: música lenta, luces rojas, velas aromáticas que eran encendidas en ese momento.
El hombre fue hacia el televisor, lo prendió, apareció la pantalla fundida a gris y Romina le preguntó para qué, mientras se regaba el aliento con una pastilla de anís.
-Para más tarde, por si lo necesitamos.
En su mano tenía un video que dejó sobre la casetera.
Fue hacia la heladera, regresó con una botella de champagne y dos copas, brindaron. Luego, cada uno tomó un sobrecito blanco, primero Jorge fue al baño, después ella. No tenían la confianza suficiente para hacerlo juntos.
Tiempo después comenzaron a tocarse, a atraerse, la escena era intensa. Los cuerpos desnudos entrelazados rodaban por el piso. En esos momentos el brillo de la piel transpirada, las gotas de sudor que corrían y caían por las espaldas, daban cuenta del fuego que los devoraba. La noche de aventura subía de tono, llenaba el cuarto de gemidos.
A esta altura del desenfreno, se escuchaba la respiración agitada de Romina. Ella no podía apartar los pensamientos de su cabeza, este mes no había pagado el alquiler de la pensión. Hacía casi tres años que estaba en Buenos Aires y todo lo que ganaba lo gastaba en arreglarse y vestirse, cada vez debía más dinero, ya no podía seguir viviendo de prestado.

El deseo convoca situaciones complejas, Jorge comenzó a buscar y elegir placeres cada vez más oscuros sin medir el peligro.
El hombre yacía debajo de Romina, se incorporó reponiéndose de la tarea, tomó aliento y bebió de la botella hasta vaciarla.
El clima comenzaba a enrarecerse, un silencio frío sin palabras, pero amenazador, envolvía el cuarto. Jorge con suavidad condujo a Romina hacia el respaldo de la cama, a ella, como un relámpago, se le aparecieron imágenes de su madre, los trapos de la vieja cortina con los que la sujetaba para que no se vistiera con ropa de prostituta, eso lo hizo desde los ocho hasta los once años.
En ese momento, algo cambió, Romina aun respiraba agitada, la violencia había comenzaba a volar en el aire, Jorge intentaba atarla con el cinturón de la bata de baño, comenzaron a forcejear, cuando llegaron al respaldo de la cama la situación se transformo en una pelea.
Pasado un momento, él comenzó a reírse mientras intentaba acariciarla, ella lo rechazaba y él continuaba riendo. Romina bajó la cabeza, la risa de la madre desde la cocina y su voz que volvía “Te voy a dar pendex, vas a ver, conmigo no jugás”.
Romina intentó detener la pelea, mientras que decía:
-No me jodas Jorge, por favor, de chica me sujetaban, no me gusta ¿sabés?
-Dale, no me digas que tenes miedo, probemos.
En la cabeza de él giraban los pensamientos: había que domarla como a los potrillos, a los saltos y a los golpes.
Seguía riendo, mientras, Romina logró soltarse de los brazos que la retenían, pegó un salto de la cama, como un potrillo embravecido, escuchando la voz de su madre: “No te quiero en esta casa, sos indecente”. Hoy durante el día no había juntado plata para comer, el alcohol mezclado con la droga no le había hecho bien, la cabeza le quemaba.
Buscó su cartera ajada, sacó un par de guates de latex que siempre llevaba con ella por prevención, como le habían enseñado sus compañeras mayores. A esta altura sus pensamientos explotaban, solo murmuraba: viejo puto, fiestero y ricachon. La última vez lo había visto sacar el dinero del otro cuarto. Por qué a él le tocó tanto y a mí tan poco.
Jorge con los ojos entrecerrados, como dormitando, tirado en la cama no se daba cuenta de nada.
Los pensamientos no cesaban, la sensación del día en que la echaron del pueblo con apenas catorce años, no se borraba. Sobre todo que la madre, aún hoy la sigue llamando Carlitos, negando que sea un travesti.
Ella recorrió el living con su mirada, fue hacia el rincón, encontró la bolsa, tomó el hierro 7 sin saber que era uno de los palos más duros, volvió al cuarto.
El golpe, descargado con rabia, impactó de lleno en la nuca de Jorge, el cuerpo pesado cayó en la alfombra con un ruido seco. El estruendo se perdió con los sonidos de la música. Un hilo rojo se fue extendiendo, Romina tiró el hierro 7.
Buscó y encontró la llave, corrió el cuadro, apareció la caja fuerte, sacó un fajo de billetes, se vistió y colocó el dinero en la ingle. Se calzó los zapatos de charol, respiró desahogada y con andar felino se alejó de la escena.


Victoria Aloisio, enero de 2007

La Niña

Cuando se encontró con Elisa, le parecieron comunes algunas actitudes, como la de no querer hablar con la familia de él, ni presentárselo.
Andrés suponía que después de tantos años de estar fuera del país, le costaba aclimatarse. A Elisa la conoció bailando tango. Fue una pasión fuerte. Ella lo alojó en su casa y al poco tiempo le pidió que quería tener un hijo con él.
Sólo le recordaba la juventud pasada en Argentina, aunque las mujeres ya no tenían las mismas costumbres de antes. Lo que sí, ella cocinaba con el olor de la casa de su abuela.
Debía volverse a Austria, por trabajo y así se lo comunicó.
En los viajes que emprendió por el mundo, cuando tenía 22 años, había conocido muchas minas, pero ahora lejos, pensaba que nunca en una mujer como ésta. Le atraía el pedido que le había hecho.
Nunca pudo enterarse, por qué entró como por un tubo en esta relación. Sí porque bailaba bien tango y ella le enseñaba, sí porque quería volver a su país de origen y entonces el pedido tenía razón de ser.
Mientras que en su cabeza pasaba todo esto, una mañana recibió un correo, donde le decía que estaba embarazada.
Que dirían sus dos hijos ya grandes de esto. Caminó hacia su casa, con los brazos a los costados del cuerpo, la cabeza baja, pensando y pensando.
Una semana después le respondió que siga con todo, él iba a volver a Buenos Aires, que lo espere con ternura. Cuando llegó, se encontraron. Elisa le dijo -no quiero que vivas en mi casa-.
-¿Cómo? para eso volví.- Dijo Andrés.
- Este es mi lugar, buscate uno tuyo. Igual no nos vamos a seguir viendo.-
Como le decía el padre cuando era joven -sos muy testarudo- y él siguió adelante. Se alquiló un departamento cerca. Dejó todo su trabajo en Europa, instalándose en el barrio de Palermo, continuaba su trabajo a través de Internet.
Siempre había sido un hombre de éxito, sobre todo con las mujeres. Y en el trabajo había tenido éxitos económicos, por lo cual podía ahora dedicarse a esperar este hijo.
Ella estaba distante y decía que el embarazo la ponía así. A veces salía con una amiga, hasta que un día, fueron a la clínica, nació la niña. Él se sentía rechazado, no le presentaron a la familia, la amiga estaba siempre cerca de ella y mientras la estaban vistiendo para irse de la clínica, ella le dijo – no te quiero ver más.-
Se dice que algunas mujeres pasan la depresión posparto. Pero a él, le apareció la depresión masculina, debido al rechazo furioso que sintió.
Empezó a gastar el dinero. Mientras tanto ella no quería que visite a la niña. Y empezaron a encontrarse a través del odio. Carta va, carta viene, abogados, querellas, ADN, jueces, citaciones, juicio penal, alimentos pagos y no retirados, asistentes sociales en el medio del padre y la niña.
Hasta que Elisa un día le dijo, -¿Por qué no te vas? No entendés que lo único que quería era un macho para concebir un hijo. Y no quisiste ver nada, aquella tarde yo te presenté en el café a esta amiga, que vos entendiste que yo queria que te la levantes. La realidad es mi pareja-
Él, cada vez, estaba más asombrado de esta mujer que había elegido, para volver a Buenos Aires y armar un nido de amor...
A pasado el verano, hoy cumple 61 años y está solo en un bar. Se quedó mirando la calle llena de los restos de basura que dejaron los cartoneros. Una muñeca rota, tendida en la vereda, había sido arrancada de las manos de la niña.

Septiembre de 2008
Lic. Victoria Aloisio

El niño

Por las mañanas, la gente del barrio de Belgrano, ve caminar a una joven mujer oriental, hermosa, tarareando una canción de cuna en idioma chino. Se detiene siempre en la puerta del supermercado, entra pidiendo leche para su bebé. Los nuevos dueños, no saben como sacársela de encima pero igual cumplen con el pedido, le dan un litro de leche. La joven tiene en sus brazos un muñeco vestido de celeste.
Muchos, al verla, le inventan una historia. Yo puedo contarles la que sé.
Era muy pequeña cuando su familia tuvo que emigrar a Argentina. Al llegar vivieron en la pensión de un barrio dónde habitaba la mayoría de los que habían inmigrado de aquel país.
Los padres la enviaron a un colegio argentino, pero ella apenas pronunciaba palabras en español y los compañeros del colegio se burlaban. No era mejor lo que le esperaba al llegar a la pensión, su madre la obligaba a cocinar y limpiar, después tendría tiempo para dedicarle a la escuela. La chica esperaba a la noche. Sola, sentada en un rincón de la cocina limpia se sentaba a leer y estudiar, a hacer las tareas de la escuela. Se acostaba tarde. Muchas veces se quedaba dormida en el colectivo que la llevaba al colegio. Llegaba tarde y era amonestada por la maestra.
Pero no le estaba permitido sentir ira o frustración, los sentimientos tenía que esconderlos detrás del biombo, decía su madre. Y la vida continuó de esta manera hasta que la tradición reclamó a la familia un lugar entre las del mismo origen. Para ese entonces la chica estaba empleada en un supermercado.
El dueño, un hombre que hablaba poco, la eligió como nuera. Quizás por los rasgos de su rostro, por la piel blanca, los labios gruesos, el pelo lacio renegrido. Sobre todo porque parecía tener buenas caderas para engendrar.
Su familia no podía rechazar esta propuesta, aunque la chica no conociera al novio, no podía oponerse.
Sin embargo y a pesar de una mejor posición económica, no era distinta la situación del hijo mayor de los dueños del negocio. El muchacho, que pasaba largas horas en cuclillas rezando, parecía estar ausente del mandato paterno de continuar la descendencia. Estaba como perdido, decía haber sido elegido por la religión para salvar a los seres a través de la meditación.
El día de la ceremonia, la chica se fue colocando los tres vestidos que la familia le compró. Como ritual de la tradición los fue cambiando con el paso de las horas.
Luego de la fiesta los mandaron a la habitación de arriba del supermercado. El tiempo transcurría, el matrimonio no se consumaba.
Cuatro meses después la chica le contó a su madre que su esposo no la había tocado. Siguiendo la tradición, la madre notificó lo que pasaba a la familia del novio. El padre obligó al muchacho a tener relaciones, sino dejaría de mantenerlo. Nueve meses después, nació el tan esperado el hijo varón.
Pero al ver al bebé, el padre desapareció. Lo buscaron en los templos y en varios sitios pero no lo hallaron.
Al no aparecer el esposo, la chica volvió a la casa de los padres. El suegro asintió su pedido, pensó que la abuela podría ayudar a criar al nieto con más sabiduría.
Pasaba horas acariciando la piel de ese niñito y contándole las imágenes de un tiempo mejor. Cuando los farolitos de una plaza se encendían, allí un grupo de jóvenes se encontraban haciendo oír las voces de las apuestas. Los vendedores ambulantes, coloridos y sonrientes, estaban sentados en el cordón de la vereda. Era una fugaz visión de la época que había sido feliz.
Estaba obligada a ir, todas las mañanas, con el niño a la casa de los abuelos. Le molestaba cumplir con esa orden. Los suegros no querían que trabajara, pretendían que el bebé creciera bien alimentado, una madre cansada no podría nutrirlo.
Mientras le daba de comer, aparecían las imágenes de las pocas veces que pudo ir al cine, las contaba con los dedos. Usaba la magia del cine para sostener una posible ilusión.
Una mañana, los abuelos le ofrecieron dinero para quedarse con el niño y criarlo. Se negó a entregarlo.
A veces no dormía o se despertaba de un sueño en el que el abuelo le escondía al bebé. En su mente, escuchaba voces que murmuraban que esta familia era mala, habían comprado su vientre porque necesitaban un varón para continuar la descendencia del apellido. A la familia le interesaba más este niño que el paradero de su hijo desaparecido.
Una tarde, agotada de oír tantas voces en su cabeza, pidió a su madre que cuide del niño. Salió a la calle sin rumbo fijo. Caminando se encontró frente a un cine, se escurrió entre la gente para ver una película de amor.
Al regresar por la noche, encontró a su madre llorando, entre hipo e hipo, le contó que le habían quitado al bebé de sus brazos.
La chica corrió a la casa de los abuelos, llovía y la noche era tan oscura que apenas se distinguían los edificios. Buscaba la puerta del departamento. Tocó y tocó, sus piernas temblaban. Un silencio sordo le respondía.
Corrió una cuadra, cruzó la calle hasta llegar al supermercado, tenía la persiana baja. Comenzó a golpear la puerta, en su cabeza los golpes retumban. Luego vio un cartel, decía: “cambio de dueño”. Sus brazos bajaron al lado del cuerpo, la cabeza se inclinó escondida en sus ojos vacíos. Sólo el silencio de la noche escuchó un llanto ahogado.
Mientras la ciudad se despereza desganada, entre los ecos del agua que lava las veredas, el día se dispone a comenzar. Una mujer oriental cruza la calle flotando en otra dimensión, lleva un muñeco vestido de celeste y un envase de leche. Un coche arriba a toda velocidad, se escuchan gritos. Un hombre baja, se acerca.
-¡Cuidado!, ¿te das cuenta que por poco te mato junto a tu hijo?-.
El sol baña el empedrado, en él queda derramado un litro de leche.

Victoria Aloisio, agosto de 2007

La Prueba

Junín un pueblo de vigilia permanente. Pocas cosas rompían la monotonía, los velorios y los casamientos eran todo un festejo.
La única diversión que tenían las mujeres del barrio, era salir a la vereda todas las tardes de verano. Se sentaban en el banco de piedra, formando grupos de tres o cuatro. Conversaban sobre: la vida, las películas, las novelas de la radio, pero por sobre todo los chismes.
A lo lejos, se veía la silueta de las mujeres que se dirigían a la unidad básica. Desde su banco ellas miraban y criticaban a las militantes del partido peronista.
Un crespón negro cubría la puerta del local. Ellas, las del banco de piedra se justificaban, sin Evita ya nada es igual, para que van. Criticaban pero no se atrevían.
En frente detrás de las rejas verdes, se veían las plantas de mandarina. La casa, con la puerta despintada estaba a unos pasos de la escuela. Allí vivía la Tana o la Carmela. Baja, gorda, cabellos canosos, la piel enrojecida. Regalaba salud.
La tía Emilia vio salir corriendo a su sobrina de la casa de la Carmela. Marita se tiró en el regazo de su madre llorando desconsolada. Y entre sollozos con una voz entrecortada y con el sonido de la angustia comenzó a contar “ Yo miraba las mandarinas, la vieja me llamó, me invitó a entrar, acepté pero con miedo. No me llevó hacia la planta sino hacia un cuarto oscuro. Abrió las persianas, corrió las cortinas de crochet que dejaron filtrar la luz. Y así nomás me lo mostró estaba debajo de la cama matrimonial, era un cajón negro lustroso. -Si nena me lo compré así cuando me muera mi marido me entierra en algo bueno- Y ahí nomás hizo la prueba de meterse adentro, yo me escapé y desde el cajón me gritó- Nena, las mandarinas-“
Años más tarde ella enterró a su marido. Vagaba por las calles del pueblo medio loca repitiendo y ahora quien me va a enterrar.


Victoria Aloisio, Septiembre de 1997